Las emociones se reflejan en el rostro

Las emociones se reflejan en el rostro

Alguien inteligente… 3

Graciela Caiola, una reflexión sobre la inteligencia emocional

24/09/13 20:07 | Sociales


¿Sabías que se puede ser más o menos inteligente en el manejo de las emociones?

Howard GARDNER habla de inteligencia intrapersonal. Se refiere al autoconocimiento, tener

conciencia de las propias ideas y habilidades, de las herramientas que se dispone para tomar

decisiones personales; considera la conciencia de metas, lo que hay que corregir o mejorar para

lograrlas; la administración de sentimientos, las respuestas emocionales, así como la

administración de comportamientos.

Cuando define la inteligencia interpersonal, alude a la comprensión en tanto sensibilidad para

entender el espíritu, sentimientos y puntos de vista de otras personas; las relaciones y su

calidad; el liderazgo, especialmente en la resolución de problemas y las influencias sobre otros.

Daniel GOLEMAN profundiza el tema de la inteligencia emocional.

“Emoción”, del latín “emovere”, “ser movido por”.

Las emociones informan de manera exquisita, la naturaleza de lo que estoy viviendo. Nos contactan

con el mundo y preparan para actuar en él. Según Charles DARWIN están en el código genético. Su

función es preparar para la acción. Desde la perspectiva animal, será la lucha o la huída.

No existen emociones negativas. Sí las hay más agradables: alegría, gratitud, placer, amor o,

desagradables: enojo, culpa, envidia, miedo, pena, vergüenza. Como son “alertas”, la

ignorancia emocional, daña.

Un ejemplo: Cuando alguien se enoja, se violenta, si no sabe manejarlo avanza con la ira, el

odio y más penosas son las consecuencias del enojo que sus causas.

¿Por qué surge el enojo? Es la frustración por lo que esperé y no se da. Es un plus de energía que

mueve a resolver “eso” que enoja. Aristóteles diría que “Cualquiera puede ponerse furioso… eso es

fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento

correcto, por el motivo correcto y de la forma correcta… eso no es fácil”. Importa avanzar desde

la inconciencia al autoconocimiento de la situación, justo al experimentarla, y evolucionar

hacia el manejo y autodominio emocional.

Las emociones nos hacen vulnerables por la necesidad de ser amados y de sentirnos respetados… pero

reprimirlas o desbordarse tiene altos costos. Mejor, si se educan, ¡es aprender! ¿Qué hacer,

entonces? Resolver bien el conflicto. ¿Cómo? Para pasar del enojo al diálogo importa asumir que,

en una discusión fuerte, o algo que daña o duele, se produce una crisis que es punto de despegue

para actitudes emocionales diferentes:

a- No lo vi – me escapo – siento miedo… Es EVASIÓN.
b- Contra ataco, me exacerbo. OPOSICIÓN.
c- Manipulo, controlo al otro. EGOÍSMO.

d- Asumo el conflicto, me descentro e intercambio distintos puntos de vista. ELABORACIÓN Y

ACUERDO.

Cabe considerar que, en contexto, emerge la “cuestión de género”, pues hay distorsiones

culturales que marcan diferentes reacciones en hombres y mujeres.

Un caso habitual: Alguien está cabizbajo, preocupado, airado. Ante la pregunta “¿qué te pasa?”,

si es mujer, siente ante el otro “me cuida, me atiende, se preocupa por mí…”. El hombre, en

cambio, se molesta al sentirse “escrutado, amenazado, controlado” por ese otro. Y bue… Ya decía

Sócrates: ”Conócete a ti mismo”. Por ahí se empieza.

De todos modos, al educar nuestra emotividad, cada vez, sabremos elegir mejor entre el cielo o el

infierno, como muestra este relato:

Un belicoso samurai desafió a un maestro zen a que explicara el concepto de cielo e infierno. Pero

el monje respondió con desdén:”No eres más que un patán. ¡No puedo perder más el tiempo con

individuos como tú!”.

Herido en lo más profundo de su ser, el samurái se dejó llevar por la ira, desenvainó la espada y

gritó:”Podría matarte por tu impertinencia”.

“Eso”, repuso el monje con calma, “es el infierno”.

Desconcertado, al percibir la verdad con respecto a la furia que lo dominaba, el samurái se serenó,

envainó la espada y se inclinó, agradeciendo al monje la lección.

“Y eso”, añadió el monje, “es el cielo”.




Graciela CAIOLA
Lic. en Cs. de la Educación

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