Jacarandá en flor

Jacarandá en flor

Tiempo del Jacarandá en flor

Notilagos presenta en exclusivo otra de las interesantes reflexiones de la Licenciada Graciela Caiola

16/11/13 12:53 | Sociales

Vivimos en coordenadas de tiempo y espacio que nos ubican aquí y ahora. Los sucesos se van encadenando y pronto llega este tiempo diferente donde las copas, a veces, espuman alegría y otras, enjugan lágrimas.

Se cierra algún ciclo. Un grado, un curso, una etapa, un año, un gran período cósmico…
Surge la necesidad de mostrar: festivales, exposiciones; de calificar logros: conceptos, libretas, informes. Lo hecho está en un resultado, lo que no, en alguna insatisfacción.

Necesitamos parcelar el “continuo” de nuestras vidas. Vemos que todo es devenir y “escurrirse”. No se detiene el día, la noche y, es más, la gente opina que “todo pasa más rápido”. Ese vértigo nos llena de incertidumbre. “El mañana” está ahí cerquita pero se desdibuja. ¿Cómo sigue?

Los lazos que nos ligan a los otros parecen debilitarse. Será que en ese protegerse de tanto peligro o conflicto a flor de piel, cada quien comprime su espacio y la vitalidad, que siempre busca expansión, se oprime… y duele en el pecho, la “panza” o en algún rincón corporal o emocional.
Se habla de “tocar fondo para después volver a subir”, de “afrontar la marea”, “pelearla”, “no aflojar”… Es que hay que seguir.
La queja detiene. Hay que seguir.
Los disgustos detienen. Hay que seguir.
Las pérdidas detienen. Hay que seguir.
Las desaveniencias detienen. Hay que seguir.
La enfermedad detiene. Hay que seguir.
Hace falta parar un segundo. Respirar bien pero bien profundo. Ver. Sentir si “aquí ¿yo estoy? “ Y encontrarme…

Algunos hablan de “aceptar”. ¿Cómo? ¿De dónde se saca la fuerza, la convicción? ¡No es conformismo! “Aceptar” es tomar conciencia. Analizar. Ver desde los distintos puntos de vista eso que nos sucede y, como dice aquella plegaria

“Dios mío, dame paciencia para aceptar lo que no puedo cambiar, coraje para cambiar lo que sí puedo y sabiduría para poder ver la diferencia”.

Es reubicarse para continuar. Sin embargo, hay algo más y tiene que ver con qué pasa con nuestra capacidad de asombro, de admiración. ¿Qué nos provoca ese “¡Ah!”, ese “¡Oh!” que abre ojos grandotes y late en el corazón.

Capaz que tanto “¡Uy!” por la mirada fatal del mundo nos rebasa de negrura: accidentes, robos, catástrofes, asesinatos, violencia, miedo, destrucción, barbarie, horror, soberbia, exterminio…
Necesitamos urgente rescatar el asombro. El suspiro que alivia. Los ojos que brillan. Como cuando explotan los fuegos de artificio. Esplendor y estruendo. Todo es breve pero irradia, conmueve,
alivia…

Si no podemos andar por la vida volando luces de bengala busquemos lucecitas que irradien claridad: una mano tendida y satisfacción al dar o recibir. Una estrella que luce más radiante. Un pájaro que trina como nunca. El verdor de ese árbol, de ese campo sembrado. Los ojos de un bebé. El mirar errante de un perro callejero. La flor. Su aroma. La brisa fresca. El agua limpia. Un toallón suavecito…

Se trata de recuperar sensibilidad por las cosas simples. Esas que están pero ya no las vemos. Esas que son tiernas por ser auténticas. Son nobles porque no engañan. Son buenas porque así es su naturaleza y es su misma esencia la que también a nosotros nos constituye y define. El artificio del poder, del materialismo, pretende cambiarla pero, del todo, no puede. Sólo lastima al pervertir. Los “duros”, los “malos” reniegan de su ser. Son las peores víctimas de sus autorías aunque dañen y pretendan someter.

Sin embargo, en lo malo, hay algún germen bueno. Lo bueno, algo guarda que no lo es tanto.
Parte y todo. Ahí estamos. Todo y parte. La parte en el todo que es parte de otras totalidades. Un “combo” interdependiente. Unidad de lo diverso. Cuesta imaginarlo pero sí sabemos, cada uno en carne y “alma” propias, cuánta tristeza causan las divisiones. Las distancias. Los “nunca más”.
En la sociedad arcaica había sangrientas luchas; la sociedad moderna agregó competencias; en la sociedad actual se potencian las luchas desenfrenadas y las competencias sin límite. ¿Acaso avanzamos por el rumbo equivocado?

La vida vale. El sentido de la vida es sagrado porque da la razón de ser. Espiritualidad de por medio para comprender y trascender.

En el tiempo de saludos que se aproxima, que la paz, el amor, la felicidad, no sean expresión de deseos, sino un chispazo de verdad y realidad. Simple y sincero.
Hagamos el juego a personajes y vidrieras sabiendo que lo que vale está en lo único que no se compra: tiempo de vida – amor de verdad.

El asombro por ello es maravilloso. Disfrútelo cada minuto.

Licenciada Graciela Caiola


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